viernes, 4 de junio de 2010

MARÍA, LA P....

Esa primavera de 1965 en aquel pueblo costero de Galicia, las campanas de la dominante torre de la iglesia habían sonado ya varias veces, doblaban cada vez que uno de los vecinos era llamado a dejar su presencia en este mundo.

En esta ocasión le había tocado en suerte a Paco, el farmacéutico. El pobre Paco llevaba unos meses enfermo, un cáncer de estómago lo había consumido hasta el punto de hacerle perder casi cincuenta kilos entre unos dolores terribles y una operación a vida o muerte en la que había ganado el pulso precisamente la muerte.

Había fallecido en casa, como él pidió unos meses antes, y allí estaba su viuda ataviada con un velo negro, sus dos hijas, su compañero el Doctor Marquina a la sazón, médico del pueblo, y la señora que viste a los difuntos, una anciana solterona que había visitado los armarios de todo el pueblo en busca de trajes de boda y primera comunión. Y allí lo pusieron, en un ataúd de nogal con asas bañadas en oro, y lo colocaron en el salón con un crucifijo presidiendo la sala y un par de velas. Paco con uno de sus mejores trajes y las manos cruzadas con un rosario rodeándolas.

Unas horas después el rumor se había expandido por todo el pueblo, los corrillos comentaban que se habían quedado sin el farmacéutico y que su ataúd era a todo lujo, su entierro sería de los de primera, con un funeral de misa cantada. Y la gente que lo había frecuentado a lo largo de su corta pero fructífera vida comenzó a desfilar por su ahora oscurecida casa. Allí acudió María, María la buscona como la llamaban algunos en el pueblo, y es que nuestra protagonista estaba muy mal vista en el pueblo, madre soltera, joven y guapa. María se sentó casi a la cabecera, al lado del difunto, vestía de negro de arriba abajo, y comenzó a llorar, entre lagrimones exclamaba ¡Ay mi Paquiño! ¡Que pronto te nos has ido! ¿Qué va a ser de nosotras ahora sin ti?

Mercedes, la viuda de Paco llevaba rato observando a María con cara de perplejidad, la hermana de Mercedes y dos vecinas cuchicheaban en la cocina mientras preparaban tilas para los visitantes "la buscona esa, ha venido a quedarse con todo lo de Paquiño, que dios lo tenga en la gloria, pero si el niño que tiene la golfa esa es de nuestro Paco, se monta la de San Quintín, menuda cara más gorda que tiene aparecer por aquí, es como si estuviese retando a mi Mercedes". Y llegó el cura del pueblo, que dió el pésame a la viuda, a su hermana, y finalmente se acercó a María, le susurró algo al oído. María siguió llorando y llorando enjugándose las lágrimas con aquel pañuelo con bordados de seda. A punto estuvieron de echarla del velatorio pero no se atrevían moralmente a hacerlo.

Y llegó la hora del entierro. El monaguillo presidía aquella marcha fúnebre seguido de Don Jesús, el cura del pueblo, tras ellos el carruaje con caballos que llevaba el cuerpo sin vida de Francisco el farmacéutico, le seguían la viuda con sus hijas, y justo detrás María, que seguía llorando desconsolada, y tras ellos numerosos familiares venidos de lugares lejanos y mezclándose con muchos vecinos de su pueblo. Tras el funeral, el sepelio. Y allí María y Mercedes tuvieron un último encontronazo al ser ellas dos las últimas en depositar una rosa sobre el frío ataúd. María en ese momento exclamó mientras sonreía para sus adentros:

¡Paquiño, allá donde estés, llévanos siempre en el corazón!

María al terminar el entierro se dirigió a la iglesia y se coló por la puerta de la sacristía. Allí le esperaba Don Jesús, con un fajo de billetes:

¡Aquí tienes, María! Lo has hecho muy bien, en algunos momentos un poco sobreactuada, que tenías a la Mercedes negra, que hasta se creyó ella que tu también eras su viuda. Jamás había visto una plañidera tan profesional. Coge el dinero que dejó Paco para que llorases en su entierro, te lo has ganado.

4 comentarios:

  1. Muy bueno el post jajajajaja.

    Aunque no es descabellado el pensar en una doble vida. Sin ir más lejos, cuando estudiaba laboratorio el padre de una chica de mi clase fue pillado con otro en su casa, y precisamente lo fue a pillar la mujer. Fíjate la que se liaría que ella se fue con su madre y sus dos hermanas a vivir a Castellón...

    Biquiños con mel.

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  2. Que cabroncete era Paco el farmaceútico jajaja, le gustaba montarla incluso después de muerto... es como el Cid pero en boticario jejeje

    Muy bueno el relato.

    Un beso (enlutado)

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  3. Es que la profesionalidad se paga como es debido, María no se andaba con chiquitas, pa plañidera, ella, la mejor.

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  4. jajajaaj, que putada más grande, jajajaj, pero es que no le iban a llorar en su casa, o es que quería joder la marrana a su viuda.? ejejej

    Un beso cielo

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