domingo, 17 de octubre de 2010

AMOR INFANTIL (II): UÑA Y CARNE

Si he sentido alguna vez eso que es tener un mejor amigo ha sido con Rui aquellos tres años que estuvimos juntos en el colegio.

Yo tuve unos comienzos como estudiante bastante dudosos, en lo que ahora es educación primaria, y que antes llamábamos EGB (Educación General Básica). Comencé el primer curso con cierto aburrimiento y vagancia quizá cansado de los dos años anteriores de preescolar donde había destacado por el buen uso de tijeras y punzón y por aprender a leer y escribir muy pronto. Esto se lo debo a la profesora que tuve en el parvulario, y que acompañó mi carrera estudiantil hasta quinto de EGB, tras lo cual ella nos conocía casi tanto como nuestros padres. Segundo de EGB trajo la novedad de los primeros chicos repetidores de la historia y a mi clase fueron a parar seis repetidores, entre ellos Rui y Felipe, y los sentaron a mi lado. Ahí conocí a Rui, que era repetidor por haberse perdido más de la mitad del curso anterior por enfermedad.

Segundo fue un año de trabajo duro, por que aprenderse la tabla de multiplicar, costaba, y más cuando tus compañeros de al lado a los que copiar los ejercicios no eran unos lumbreras. Tercero fue similar, o peor, otra vez sentado con ellos y un año de pasar olímpicamente de los estudios, al punto de llamar a mi madre para un par de reuniones para ponerme las pilas, pues en caso de seguir en esa actitud tan vaga, corría el riesgo de repetir. Y fue el punto de inflexión, por que el cuarto curso fue rodado, me situé entre los alumnos más aventajados en clase, una fiebre por hacer las cosas bien y asimilar conceptos que me sirvió para los años posteriores. Durante esos tres años Rui y yo tuvimos la misma progresión. En concreto, en el cuarto curso nos ganamos, gracias a una labor de "investigación" un par de billetes a una excursión elitista a la Radio Galega y a Santiago de Compostela en general para los mejores estudiantes de la clase.

Rui era un niño muy risueño e inquieto, su alegría era de las que contagian, bajito para la edad que tenía, vivía a unos 300 metros de mi casa, en el barrio de al lado y todos los días partíamos con la mochila cargada de libros. Por la mañana, a primera hora me pasaba por su casa a recogerlo para el colegio, en un trayecto de kilómetro y pico caminando. Nos pasabamos las mañanas sentados en clase riéndonos de todo cuanto nos podíamos reir y hablábamos sin parar. Al medio día volvía por su casa a buscarlo para ir a clase otra vez, esa parada era más familiar, con toda su familia mientras esperaba a que él se lavase los dientes, y otra vez para pasar la tarde juntos. Al salir del colegio hacíamos otra vez el mismo recorrido, e incluso las tardes que él no tenía fútbol allí jugábamos con otros compañeros de clase y vecinos hasta que nos daba la noche y nuestras madres a gritos acudían a nosotros. Dos años para hacernos amigos para toda la vida.

Felipe y yo éramos también uña y carne, entre los tres había no solo química, había una amistad que se mantiene a día de hoy, un cariño especial, aunque cada uno haya recorrido unos pasos distintos en la vida. Una amistad totalmente inocente. Yo, que de tan jovencito no tenía ni idea de que significaba la homosexualidad y en mi vida había visto a un "invertido" de esos disfruté de Rui. Comencé a tener alguna idea de ello durante esos años, pero en mi imaginación no aparecía Rui a tales efectos. Años después comprendí más cosas.

El cuarto curso, ese en el que yo me apliqué como super estudiante trajo una novedad, una mala novedad. Yo me mudé de casa, y de barrio, la consecuencia fue que dejamos de hacer la vida en común que hacíamos, tan solo compartíamos las clases y los recreos. El quinto curso trajo una novedad más catastrófica todavía. Rui se mudaba también, dejaba su pequeña casita por una en un barrio mucho más alejado del mío y el consecuente cambio de colegio. Así pues, cada uno en una punta del pueblo, dejamos de vernos de un día para el otro durante un par de años o tres. Él continuó jugando al fútbol, yo convirtiéndome en el chico gordito de clase que estudiaba y pasaba demasiado tiempo con las chicas en los recreos. Él fue forjando el mito que sería los años siguientes, yo comencé unos años oscuros.

6 comentarios:

  1. Yo nunca tuve la oportunidad de tener amigos así en el cole. El mio estaba muy lejos de donde yo vivía y nunca hubo esos amigos. Además, el cole fue un momento raro para mi. Esos "amores" infantiles deben ser hermosos.

    Un beso cielo

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  2. Bueno,se me ha colao el post, que era para mañana, en fin... es lo que tienen los colegios públicos... jejeje

    Bicos Ricos

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  3. Hiciste que recordara parte de mi infancia, yo también hacía un recorrido similar con chicos que ahora no veo. Aunque en esos tiempos, hasta 4° de EGB (acá le seguimos llamando así) tuve una novia, con la que me casé de mentira y con quien creía iba a ser mi esposa jajajajaja. Pero bueno, muchas cosas pasaron entonces. En 5° me cambié de cole y conocí a S y V. Cariños Pimpf.

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  4. Yo de niño era lo más arisco del mundo, pasaba siete kilos de los demás de mi clase, sólo me hablaba con dos de mi clase pero nunca llegamos a ser amigos.

    Biquiños con mel.

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  5. G-boy, bueno, yo también tuve una novia con la que me casé de mentira, el día de su comunión además, que iba vestida de blanco...

    Christian, ¿eras borde ya de pequeñín? Yo era como decimos en Galicia muy "a boa fe", a buena fe, que sería en castellano clásico.

    Bicos Ricos

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  6. Qué bonitas son estas historia de recuerdos juveniles e infantiles y cuánto juego dan, verdad? jaja. Es que me encantan y añoro aquellos días felices de cole y recreo, y de vacaciones de verano, con aquellas pandillas. Claro, como cuentas tú, cuántos se cambian de cole, se perdían por repetir curso, etc... pero qué feliz se era.

    Bezos.

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