domingo, 24 de octubre de 2010

AMOR INFANTIL (III) RETOMANDO

Pese a vivir a tres kilómetros el uno del otro, cuando se es niño esas distancias se hacen más largas si cabe de lo que son en realidad, y nos pasamos un par de años sin volver a vernos Rui y yo, mientras, con Felipe habíamos incrementado los lazos que nos unían.

Fueron pasando los años oscuros, como siempre los he llamado y llegó la pubertad, con esos descubrimientos que todos hacemos de nuestros cuerpos. A los chicos nos va saliendo el bigotillo y las chicas desarrollan unos pechos, que a esas edades siempre te parecen impresionantes. Con un grupo de amigos nuevo comenzamos a salir los domingos por las tardes, normalmente a jugar a una sala de máquinas que había en el centro del pueblo. Allí coincidí otra vez con Rui. Rui estaba como siempre, radiante e insultantemente simpático. Paramos a hablar un par de veces, pero aquella unión que habíamos tenido se había roto. Cada uno tenía un grupo de amigos distinto, y él, además, sus seguidoras.

Volvimos a coincidir durante esos años en una escuela de baile regional también del pueblo. No, yo nunca he bailado, nunca he jugado al fútbol, nunca he hecho actividades donde tuviese que relacionarme con nadie, en una rata de biblioteca me había convertido en mis años oscuros. Dos de mis mejores amigas, por aquella época bailaban con él y allí nos pasábamos las tardes de los viernes, haciendo tiempo, y yo esperando a que llegase Rui con toda la ilusión del mundo por verlo, por tener su saludo, por recuperarlo algún día. Él llegaba con un séquito de fans incondicionales que apenas lo dejaban respirar, apenas lo dejaban pararse aunque fuese cinco minutos conmigo a charlar. Era la estrella de la Escuela de Baile y yo poco podía hacer para intentar un acercamiento, y aunque hubieron tímidos puntos de encuentro, jamás volví a recuperarlo.

Pasamos octavo de EGB, nuestras excursiones, él sus primeras novias, yo mis primeros rechazos de las chicas guapas del grupo, mi autoestima por los suelos y él en lo alto de la cima. Comenzaron los años de ir a la discoteca, las primeras pandillas, él aparecía por allí con su vespino y su cazadora de cuero, un pelo que me fascinaba y sus ojos marrón-verdosos siempre con un brillo particular. Me fascinaba su sonrisa y su limpia dentadura, su chandal o su pecho cuando lo descubría. Comprendí que no se trataba de recuperar una amistad, comprendí que me había enamorado de él.

Empecé a estudiar BUP, lo que no se ahora como se llama, y él empezó a hacer FP, en centros distintos. Pensé que los astros se alineaban con tal de que no coincidiésemos jamás en la vida. Y pronto, un amigo común que teníamos comenzó a despertar su interés, fue ahí cuando lo empezó a fichar en todas las semanas santas para ayudar a estas cosas de la iglesia en las que nos reuníamos lo mejor de lo mejor del pueblo, los más guapos y más golfos, los más espabilados, si, yo ya no era la rata de biblioteca, era el chico que estudiaba y que tenía miles de amigos con los que salir los domingos. Pasamos tres semanas santas juntos, volvimos a ser pareja en aquellas eucaristías interminables que el cura de mi pueblo daba. Siempre uno frente al otro, o uno al lado del otro. Juntos, otra vez juntos, aunque fuese en Semana Santa. Habría tragados misas de quince horas si fuese necesario con tal de disfrutar de aquellos momentos de risas con él, risas por otra parte a escondidas para que el cura no se enterase. Nuestros primeros cigarros, quedar después de todo el jaleo católico para tomarnos alguna que otra copa también a escondidas. Pero la Semana Santa pasaba más pronto de lo que yo quería. Volvíamos a coincidir nuevamente en la escuela de baile y al final del verano en una romería local en la que teníamos más o menos la misma misión que en Semana Santa.

Uno de esos años llegó una excursión que organizó la parroquia al Santuario de Fátima. Sin pensarlo ni dos veces nos apuntamos los dos, rememorando aquella excursión a Santiago, dándonos la oportunidad de esa excursión de octavo que por cuestiones de la vida nunca llegamos a tener juntos. Una excursión que incluía una noche en un hotel, en una habitación para cuatro personas en un ático, donde hicimos botellón, donde visitamos la habitación de otras chicas, donde Rui brillaba con luz propia por su simpatía y donde yo era el que comenzaba las gracias que después remataba él. Y mi mente sucia disfrutó aquella noche cuando totalmente desnudo salió de la ducha, cuando en calzoncillos se tiró encima de mi desde lo alto de un armario (en el que quizá yo he estado encerrado siempre), y las peleas, las peleas en calzones. Qué tiempo perdido y en una sola noche, que forma de recuperar todo.

El tiempo y las cuestiones de la vida nos volvieron a alejar, definitivamente.

6 comentarios:

  1. Que curioso y caprichoso es el destino, que aunque soy de los que piensan que el destino lo forjamos nosotros mismos, muchas veces se escapa de nuestro control.

    Biquiños con mel.

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  2. Sé de varios chicos que han pasado por momentos similares yo también pasé por una etapa así con un amigo, pero corté relaciones con él y el destino nunca más volvió a unirnos, por suerte. Bonito relato Pimpf, cariños.

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  3. Nunca se sabe por donde nos van a venir las personas que hemos conocido en algún momento, ni como nos pueden afectar. Que caprichoso es el destino y en que bretes nos pone a veces.

    Un beso cielo

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  4. Christian, en primer lugar estamos nosotros para dirigir nuestro destino, quizá como críos tengamos menos opciones de elegirlo, pero luego, nosotros podemos recuperar aquello perdido.

    G-boy, ah, pero nunca se sabe si algún día volveis a cruzaros en la vida, estas cosas no se saben ¿y no te intriga que estará haciendo?

    Alex, no, ni como cambiamos las personas con el tiempo, y menos siendo críos, cuando todavía no estamos formados. Aunque no en mi grupo de amigos, lo tengo por ahí, y como conté hace mes y pico, puedo hablar con él de política y quien sabe si en el futuro, estar uno frente al otro...

    Bicos Ricos

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  5. Pero cari, te hizo el salto del tigre? jjaaj Así te quedaste tú, un poco asilvestrado, jaaja.

    Ay cari, esa foto del vespito es tuya, verdad? Donde si no ibas a encontrar una foto tan auténtica, jajaja. que mono, cari, aunque pasado por los años no está mal, jaja.

    Bezos.

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  6. Jajajaja, mía?? pero qué dices, desgraciao!! la foto, aunque arcaica y aténtica... no tiene nada parecido, no se si lo he dicho, pero yo vespino nunca.... jajajaja, y buen cuerpo, tampoco. Asín como te lo digo, el salto del tigre, jajajaja que le sirvió para llevarse un golpe bastante fuerte al caer... pero ahí estaba yo, abajo... para que no le doliese nada...

    Bicos Ricos

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