Lo de hoy es una sensación de lo más extraña. Hoy tenemos una fiesta de despedida en el trabajo, se nos jubila otro compañero más, y llevamos ya en menos de un año cuatro jubilaciones, ningún repuesto, cosas de la crisis. Pero el que se va hoy no es uno cualquiera, se va el informático, el administrador de red un puesto clave que necesita reemplazo.
Realmente no se va hoy, se va el viernes, hoy le hacemos la fiesta. La hemos adelantando temiéndonos que si la hiciésemos el viernes, muchos de sus compañeros aprovecharían la fiesta para irse antes a sus casas. Y se va un compañero al que le he cogido mucho cariño en muy poco tiempo, alguien que me dijo en su día, y lo ha repetido hasta el día de hoy "tú serás mi heredero". Efectivamente, yo seré su heredero. A partir del lunes probablemente me convierta en el nuevo administrador de red, lo que supone una mejora salarial importante para mi maltrecha economía, más trabajo, más responsabilidad y un nuevo puesto que tengo que aprender todavía. Colocarme a mi como administrador de red era la solución más sencilla, la otra hubiera sido traer a algún otro de otro centro, y teniendo en cuenta que no entra nadie nuevo en la administración, mejor no dejar a nadie sin un informático y mejor recolocar bien las pocas piezas que hay, además, si alguien entiende de ordenadores e informática en general en el sitio dónde trabajo, ese soy yo. Vamos, que siempre soy el que más entiende.
Como decía, se le coge cariño muy pronto a este compañero, que ayer envió un correo electrónico a todos los compañeros dónde a muchos casi se nos caen las lágrimas, un correo cariñoso de agradecimiento por sus 25 años trabajando aquí. Mi compañera al leerlo tuvo que parar, coger aire y continuar con la lectura, yo siempre he sido más duro, me ha emocionado pero he pensado en mi futuro, su jubilación es precisamente ese salto cualitativo y cuantitativo que tanto necesito en un momento tan duro para la economía de este país. Hoy, cuando estemos celebrando su despedida, cuando le demos los regalos que le tenemos preparados y que casi ya conoce, mientras disfrutemos de un buen ágape, muchos serán los que nostálgicos se despidan de él. Yo que he sido el último en entrar, tendré un pequeño poso de tristeza y en todo lo demás una alegría inmensa, seré el único que realmente celebre su marcha. Es triste, pero es ley de vida, 65 años trabajando en alguien que como nadie ha hecho su trabajo, 25 años destinados a la administración, en tiempos dónde un ordenador apenas era una máquina con una pantalla con caracteres verdes, cuando los ratones apenas existían, ahí estaba él, consiguiendo que nuestro centro de trabajo fuese una de las avanzadillas en telecomunicaciones e informática, siempre ejerciendo de conejillos de indias con los experimentos del señor de la bata blanca. Yo próximamente me compraré también una bata blanca, claro, no quiero ser menos, pronto tendré un despacho gigantesco, una huella digital para entrar en ciertas zonas prohibidas a cualquiera de los mortales, y pronto tendré que aguantar las llamadas de mi jefe con sus caprichos informáticos, paciencia, paciencia, una paciencia que espero haber heredado tan bien de tan buen maestro.