Y justo a mi me toca ser el perfecto anfitrión siempre, y no es por nada, pero lo soy, así lo pueden atestiguar mis amigos cuando me hacen una visita a Madrid. No se puede decir que no.
Así fue como recibí el pasado viernes una llamada sorpresa de un amigo canario que se venía a pasar unos días a Madrid (y aú no se ha ido), eso si, a una pensión pero que buscaba en mi esa compañía perfecta que cualquier conocido pueda desear. Y es que, válgame la modestia ahí estaba yo como un clavo, cinco minutos más tarde de lo acordado para cenar con este chico, que, es hetero, y a mi a los heteros me encanta llevármelos a Chueca, para que vean su ego crecido. De esta forma me lo llevé a El Tigre para tomar unas cervecitas y ya de paso salir cenados. Claro, un sábado por la noche allí no hay quién entre y el chico se me agobió a los cinco minutos.
Todo ello derivó en un recorrer de callejuelas de Madrid entre cervezas y tapas. Enseñándole a un canario como se deben comer los pimientos del padrón, si, los famosos que "unos pican e outros non". Yo aconsejando siempre bien con un "no hay una norma que diga cuales pican y cuales no, pero sí tu intuición te puede hacer pensar que por no sé qué razones los grandes suelen picar y también los que tienen un extraño brillo o un color demasiado verde chillón". Él muy ingenuo engullía para adelante, sin pensar en las terribles consecuencias de que te toque un pimiento jodidamente picante. Un insensato. Mi consejo siempre "se come primero la puntita, se saborea y si te mola, todo para adentro, como tú sabes...". Y yo, para hacerme el chulito sobre mi control de los pimientos dedicí hacerme el valiente, porque estar con un amigo estrictamente hetero te hace que te crezcas y ese lado homosexual que lleves implícito se esconda totalmente y allá me fui a por el más grande (y ahora hablo de pimientos), primero por la puntita y al instante, escupirlo, comer bastante pan y un buen trago de cerveza. Y entre tapas de lo más variado se nos pasó parte de la noche, teniendo en cuenta que bebimos más que cenamos, y decidí que lo mejor para que no se me fuera la noche era tomar la última copa en la calle Pez, esa calle que tanto me gusta. Fue mi perdición.
Dos copas en un bar y un simpa sin precedentes en mi reputada historia de cliente. Aguantando a mi amigo, si, y digo aguantando porque habla como si no hubiese mañana. Como si supiese que al día siguiente se fuese a quedar afónico de por vida, y yo, con todo el chaparrón, intentando contar alguna historia y fracasando estrepitosamente, me convertí en una oreja. Y ya, decadentes total decidimos pasarnos por el clásico Palentino, que está a rebosar y liarnos la noche de esta forma. La primera consecuencia intentar hacerse la ruta de los bares más baratos (y cutres de Madrid), algo que, mis queridos blogueros deberíais guardar en el más estricto secreto, por cuestiones de anonimato, razones políticas, o sencillamente por el poco glamour del que pudiera presumir. Amigos, ni que decir tiene que ya me va a costar hacer de gafapasta multicultural y multidisciplinar con vosotros, y todo ello mientras os hacía un post precioso sobre el último libro que me había leído. Ahora entenderéis por qué no me gusta hablar ni de mi vida privada ni de política en este blog.
Una de las consecuencias de tan abominables actos fue llamar por teléfono a cierto bloguero del que no daré ninguna pista por proteger su anonimato, un bloguero eZtupendo, muy Zimpático y solo diré que gallego, y no solo llamarlo si no hacer un poco el ridículo con él por teléfono. No, no penséis mal, que no le he entrado, pese a recorrerme los locales más cutres de Madrid jamás le entraría a un bloguero asexual que no hace más que enseñarnos fotos de su estupendo cuerpazo, ni tampoco le canté ninguna canción, que yo recuerde.
Hoy, mi invitado canarión me ha emplazado para algún acto cultural, será por borrar la mácula del pasado sábado, por limpiar nuestra reputación haciéndonos ver en alguna sala de exposición fotográfica, algo con más caché que El Palentino, solo espero que esa visita a la Antología de Gervasio Sánchez en La Tabacalera de Embajadores, o a ver a Hoppe a la Fundación Mapfre, o mismamente, y ya muy cerca de allí una visita a la Sala Moriarty, en Chueca para ver la obra de Chema Madoz, todos sea por limpiar un poco nuestro honor, el de dos aficcionados a la fotografía.
Bicos Ricos



