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domingo, 22 de abril de 2012

Total, son cuatro cafés

El café está de moda, y yo que estoy tomando antidepresivos -por un motivo que ya os contaré pero que os advierto desde ya, que no os debéis asustar- debo limitar su uso pues la cafeína te lleva a un extado de cierta excitación y favorece el insomnio y seguro que ninguno de vosotros querréis que me pase mis días sin dormir. Pero lo que digo, está de moda, desde que en su día Zapatero ante la pregunta de si sabía cuánto costaba un café respondió tajante que ochenta céntimos. Y España se ha convertido en el país de los chascarrillos del café.

Probablemente la pregunta estaba mal formulada, y no os penséis tampoco que estoy por hacer una defensa a ultranza de Zapatero, que ahí resbaló un poco y pecó de ingenuo, de cuando los cafés costaban ese precio y él aún no había sido diputado, o que contestó por los cafés de máquina, que en cualquier caso son mucho más baratos pero no se imaginó el revuelo que se armaría por no saber el precio medio de un café en un bar, y ya no digo un café en una terraza al lado del Palacio Real ni nada por el estilo, que yo no soy tan sibarita, pero esos cafés te pueden costar un ojo de la cara porque de los dos euros no te bajan. Pero aquel día se creó la leyenda del café.

Muchos son los que utilizan esta exótica semilla para decir algo en tono político y salir en prensa, y yo creo que este post puede ser una lanzadera para mi carrera política. Hace una semana, declaraba el Secretario de Estado para las Administraciones Públicas, el Sr. Beteta que "a los funcionarios se nos iba a acabar aquello del periódico y el cafelito". Obviamente esta noticia hizo saltar chispas y ser seguramente trend topic en el Twitter de cualquier funcionario, así se dió a conocer el que en su día yo denominé como un chupapollas.

Pero se ve que todos buscan su momento de gloria, y ahora aparece alguien que realmente no es nadie, José Ignacio Echániz, que no os debería sonar de nada, porque no deja de ser el consejero de sanidad de Castilla La Mancha, otro chupapollas del quince del PP que defiende los recortes en sanidad y educación, y más concretamente el repago farmacéutico. Efectivamente, el gobierno de Rajoy nos ha deleitado con otro de sus recortes de los derechos de los ciudadanos, una vez más y ahora pretende que paguemos más por los medicamentos, los que ya pagábamos por ellos pagaremos un poco más, algo más de la mitad y los jubiletas que hasta ahora no pagaban nada por los medicamentos tendrán que rascarse algo el bolsillo, claro, es un esfuerzo para todos los españoles de bien (para los de mal ya habrá amnistía farmacéutica) y dependerá de la renta de cada uno, por lo tanto, y en teoría, los que más dinero tienen pagarán más por los medicamentos.

¿A que suena hasta bonito? Pues no es tan bonito como parece, al que más tiene una subida en un medicamento apenas le va a afectar, el problema son los que no tienen y tendrán que soportar de cualquier forma esta medida, mucho menos para un jubilado que a lo mejor tiene 300 euros para subsistir todo un mes por una pensión de mierda que recibe y encima enfermísimo, porque otra cosa no, pero los jubilados medicamentos a tuti-plen y problemas de salud en proporción directa. Pues todos a pagar. Entonces llega el nuevo chupapollas este, el manchego que dice que tampoco es tanta la subida esta del medicamento, el medicamentazo, y dice que "tampoco es tanto, que total son 4 cafés, ¿y que son cuatro cafés de 2 euros?, un café a la semana, 0,20 euros al día", y eso por jubileta, aunque hay jubilados como por ejemplo las que en su día fueron amas de casa y que no reciben pensión alguna y dependen de la triste paga que les ha quedado a sus maridos, y cuyos medicamentos serían otros cuatro cafés, sumado todo ello a la subida del transporte en Madrid (precios de Suiza y salarios de Grecia), o a esa posibilidad que siempre ha estado ahí de una nueva subida del IVA. Hombre, que menuda tomadura de pelo, que luego prometen en elecciones que no se va a tocar el dinero de las pensiones y acto seguido te desangran por otro lado.

Lo dicho, que este chupapollas se podrá permitir tomarse cuatro cafés de 2 euros, y seguramente muchos más, pero que no me venda la moto tampoco que no todo el mundo puede y no para todo el mundo es igual la medida. Panda de listos, ya estoy esperando que salga el nuevo chupapollas de la semana haciendo un chiste fácil con el tema del café. ¿Y mientras? Juan Valdés celebrando la subida en la bolsa colombiana de sus acciones en café.

viernes, 16 de marzo de 2012

Un americano, por favor

Y resultó que sin comerlo ni beberlo aquel café americano me supo como nunca.

Yo, cuando desoigo los sabios consejos de Angel para que un simple funcionario pueda combatir la crisis esta que nos tiene con la continua amenaza de una nueva bajada de salarios, acostumbro a desayunar muy cerca de mi trabajo, en la cafetería donde trabaja, por si no lo habíais leído nunca, Minoviescu. Minoviescu es un joven rumano, joven y guapo. ¿He dicho ya que es muy guapo? Bueno, un rumano con el pelo muy bonito, unos ojos verdes penetrantes y muy moreno con un cierto acento chulesco que más que parecer rumano te hace confundirlo con un kinki de Fuenlabrada, con todos mis respetos para los kinkis, bueno, y más respetos todavía para los habitantes de Fuenlabrada, claro, una ciudad de las afueras de Madrid. Ya conté en cierta ocasión que el componente kinki de Minoviescu no era solamente por su acento, su vestimenta al salir de trabajar es también de lo más kinki a la par que hortera, pues si, lo he visto con un rosario colgando del cuello, así como os lo cuento, y sin embargo, sigue siendo mi camarero preferido por el que perdería los papeles y dejaría a cualquier novio ipso facto y sin dudarlo. Lo siento, caris, poco tenéis que hacer frente a él, es una batalla perdida, y no valen las tácticas bichas para desbancarlo.

El caso es que, y espero que esta vez no me volváis a interrumpir. Allí estaba yo, fumando, aprovechando una esquina de sol en la calle, en una de estas mañanas preprimaverales de marzo, cuando salió él, se acercó a mi, clavando su penetrante mirada en mi y con su acento fuenlabradino me espetó un simple "buenos días". A mi eso nada más ya me había alegrado la mañana, si os soy sincero. Claro que el que tiene fama de divo tiene que hacerse el interesante y no ponerse a cuatro patas al primer comentario que te hace el primer rumano que pasa por la calle por lo que me fui a pedir mi café habitual, mi americano de toda la vida, una carga de café y doble de agua, para mantenerme fresco el resto de la mañana. Tras la barra estaba mi camarera preferida, esa chica colombiana tan agradable que siempre tiene una palabra amable para cada cliente y entonces entró él y sucedió lo más chabacano que recuerdo.

- ¿Un café americano como siempre?

Me preguntaba mi atenta camarera cuando se escuchó una voz al fondo de la barra:

- Si te parece, un café francés.

Era él, Minoviescu, sacando su cabeza de la cocina, picoteando algo de lo que prepara su compatriota cocinera, y que, seamos sinceros está repercutiendo en su peso. Seguí embelesado leyendo vuestros blogs desde mi teléfono, momento en que mi camarera preferida dijo tras la barra para que escuchásemos tanto yo como Minoviescu.

- Yo te hago un americano, Minoviescu (omitiremos su verdadero nombre por preservar su intimidad, o más bien para que no tengáis la mínima tentación de levantármelo) que te haga el francés si quiere.

Estallamos en carcajadas, tanto la camarera como yo. Minoviescu se quedó perplejo ante la chispa, por llamarlo de alguna forma de mi camarera y ruborizándose respondió intentando atinar un comentario para salir del paso.

- Bueno, tú prepárale el americano, de lo del francés ya hablaremos.

En ese momento el que se quedó perplejo fui yo mismo que comencé a ponerme colorado por todos lados, y para disimular solo supe volver a ver vuestros blogs. Sabe que me tiene encandilado, sabe que me gusta más incluso que su compañera "mirada que te hipnotiza", sabe que prefiero su francés al americano de su compañera, lo sabe todo. Es más, sabe que está muy bueno y es muy guapo. Sabe que es un ladrón que cualquier día me hará un butrón. ¡Ay ladrón!