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jueves, 13 de septiembre de 2012

Carmen

Llevar a un gallego a un espectáculo de danza flamenca puede tener un resultado inesperado, que al gallego al que no le gusta el flamenco, termine apasionándole la obra.

La compañía de Antonio Gades, el que fuera marido de Pepa Flores (Marisol) con quién tuvo tres hijas y que fue condecorado por el gobierno de Fidel Castro, trajo a escena junto con el director de cine Carlos Saura, la obra Carmen, basada en el clásico de Prosper Merimée, la genial obra con música de Bizet y con lo mejor de la danza flamenca que representa a Carmen, esa gitana andaluza que conoce a un soldado navarro del que se enamora y que paga por un crimen de la gitana. Esta se lo lleva a su mundo, dónde descubrirá que está casada y que a su vez tontea también con un torero hasta que, fruto de los celos, el soldado termina asesinándola y enterrándola en la serranía de Córdoba.

Y ahí tenéis a un gallego, dispuesto a ver flamenco, trajes de lunares, palmas por doquier, eles y arsas cada dos por tres. Y termina sucediéndole que, el arte que envuelve la obra termina seduciéndole, eso, y la apasionada historia de Carmen, una golfa de tomo y lomo. Se abre el telón rojo bajo la música de Bizet, de su archiconocida ópera, Carmen, y pronto aparece un escenario sobrio, con unos espejos, unas cuantas sillas y un par de mesas bajas. El escenario con todos los bailaores, las guitarras y los palmeros. Las gitanas bailando en el centro de la escena y el resto de la historia que ya os podéis imaginar.

Si me ha gustado a mi, que vengo de una cultura totalmente distinta al folklore español, que yo pensaba de lo más rancio, supongo que a alguien a quién le guste le encantará la obra. Algo más de hora y media de espectáculo que se pasa más rápido de lo que parece. Todo un acierto. ¿Y la próxima cuál será? ¿Bodas de sangre?

Pd.: Esto no sigue cambiando mi opinión personal de que los bailaores de flamenco son, según mi punto de vista, unos improvisadores del copón, improvisan y te dicen que es duende.

sábado, 16 de julio de 2011

SERGÉI DIÁGILEV

A raíz del viaje a Venezia, y concretamente de la visita al Cementerio de San Michele me ha invadido la curiosidad acerca de un personaje que allí está enterrado. En aquella visita me sorprendió en el cementerio ortodoxo una tumba a escasos metros de la tumba de Stravinsky, con una especie de maraca, varias flores, unas zapatillas de bailarina ennegrecidas por el paso del tiempo y la humedad y un cuadro firmado con la foto de un señor con sombrero de copa y cara de bonachón, Serge de Diaghileff.
A la vuelta comencé a hacer I+D, por si ese personaje era conocido, y efectivamente, Sergéi Diágilev había sido un personaje famoso a principios del siglo XX. Pero en mi I+D hubo más sorpresas, un personaje fascinante no demasiado conocido y con el que se podría haber hecho alguna película. Dicen que Muerte en Venezia de Visconti está bastante relacionada con su vida, pero yo no he tenido el placer de verla.

Diagilev fue un empresario y mecenas del arte nacido en Novgorod, en 1872. Nacido en una familia acaudalada, pronto comenzó a ejercer como productor y organizador de exposiciones. Su relación con el mundo de la música, la pintura, la ópera, o el teatro le llevaron pronto a crear los Ballets Rusos que recorrieron parte de Europa dando a conocer al público en general un nuevo concepto de la danza. Mediante los Ballets Rusos conoció a grandes compositores de la época Debussy, Ravel, Manuel de Falla, Strauss, y finalmente con Stravinsky al que además de realizarle numerosos encargos para sus obras, les unió también una fuerte amistad. Sus espectáculos tenían decorados de muchos pintores conocidos de la época, como Benois, Matisse o Picasso. Su éxito radicó en aplicar a los Ballets Rusos, en su inauguración en Paris en 1909 al físico ruso de los bailarines, la elegancia francesa del ballet, la música de calidad, la pintura de renombre en una compañía que duró hasta su desaparición, en 1929.



 
Pero sin lugar a dudas, lo que más impacta sobre Diagilev fue su agitada vida privada. Su condición de homosexual nunca la llevó oculta, y de hecho utilizaba su cargo como director de los Ballets Rusos para mantener relaciones con los bailarines más conocidos de la época. A otros, iniciados al ballet, previo paso por su cama, los acababa lanzando al estrellato de la danza, como ocurrió con uno de sus primeros romances conocidos, el gran bailarín Vaslav Nijinski sobre el cual hay una película y que terminó sus días entre asilos y psiquiátricos con una esquizofrenia diagnosticada. Otras de sus parejas fueron Serge Lifar, Leonid Miasin, Antón Dolin o Borís Kojno.

Su relación con el bailarín Nijinski es sin lugar a dudas la más reseñable por tortuosa. Tras varios años juntos, Nijinsky se dejó seducir por la bailaria húngara Romola. Se comprometieron un 30 de agosto, y fijaron la fecha de la boda para el 19 de septiembre, en Buenos Aires, alejados del ambiente veneciano, escapando de Diaghilev. Comunicaron al empresario ruso el compromiso a través de un telegrama, sin embargo, tuvieron que adelantar la ceremonia al día 10 ante la posibilidad de que Sergei impidiese este matrimonio. Diaghilev, preso de la ira despidió también vía telegrama a Nijinsky, comenzaba el principio del fin de la carrera del bailarín ruso.