¡Qué poco dura la alegría en la casa del pobre! Cada vez lo tengo más claro que los astros se han conjugado para hacerme malas pasadas en la vida en general. Si el lunes os sorprendía con un super post en el que os contaba mi deseo irrefrenable con mi vecino de enfrente, mocetón dónde los hayan, hoy tengo que decir que mi gozo en un pozo (My Pleasure In a Well, para los que sois más angloparlantes). Que mi vecino de enfrente se ha mudado. Fin de la cita.
¡Ay, chuchis! Casi me caen lagrimones al ver cómo mi vecinito de enfrente sacaba bolsas de su casa, con la ayuda de su padre. No podía ser. Me ha durado la alegría tan solo dos meses. Mi alegría visual, el protagonista del 70% de las fotos de mi nuevo teléfono. Se ha ido y no me ha dicho nada. ¿Qué hago yo ahora? ¿Me centro en el minillaverito de mi compañero de piso? Hombre, que es monillo, pero tampoco es de mi estilo, ni tiene los brazacos que tenía mi vecino de enfrente.
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| ¿A los brazos de quién me lanzo yo ahora desde el balcón? |
Tengo que decir, que en el anterior post sobre éste posible modelo de escultura griega, me planteaba que, dada la mala suerte con mis suposiciones, proponía imaginarme que no era gay, con el fin de acertar, que lo fuese, que me viese un día al salir de su casa, que me hiciese mandase un beso por el aire, y un gesto de un abrazo, que me llamase para que fuese a su casa, me arropase con sus brazacos y terminase la historia en un bonito romance entre alguien con pocas luces pero un cuerpazo y un chico guapo, inteligente, bloguero, con aspecto de dejado (y dejado realmente), moderno, gafapasta multicultural y multidisciplinar y todos los calificativos buenos que caben en mi persona. Es que vamos, le haría un favor, aunque mejor dicho, el favor me lo habría hecho él a mi. Pues no ha sido así. Ese final feliz no lo ha habido, y sin embargo, he acertado en algo. Mi vecino... mi vecino... mi vecino sí era gay.
Y ahí estaba yo con mi teléfono último grito última generación, y con la mosca detrás de la oreja. Cada vez que mi vecino llegaba a casa, y me coincidía con una de esas aplicaciones del demonio encendidas, se conectaba alguien que enseñaba parte de su cuerpazo sin mostrar la cara. Cuándo se iba, se alejaba su icono, en ocasiones desaparecía. Tenía que ser él, tenía que ser él. Ayer, cuándo con los ojos borrosos veía cómo abandonaba ese piso compartido con varios guiris, en un momento, mientras esperaba que lo fuese a recoger su padre, con todos sus enseres a sus pies, mientras con una mano seguía con su toc habitual en el remolino de la frente, con la otra mano encendía su teléfono, abría las aplicaciones, y una aplicación con fondo amarillo y letras negras fue lo que llamó mi atención, la pista definitiva, por fin había acertado en una de mis predicciones, había abierto el puto Grindr, que es inconfundible (a la par que discreto) a leguas.
¡Ay! ¿Y ahora qué hago? ¿Qué cotilleo yo? ¿A quién le hago robados? ¿A su excompañera de piso la loca que se beneficia a un cincuentón? ¡Hombre ya!

