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domingo, 23 de octubre de 2011

Cumpleaños casero

No es lo mismo cumpleaños casero que en familia, que quede claro. Así pues, este cumpleaños ha sido por decirlo de alguna manera, tranquilo y solitario.

Comenzó el viernes, con una llamada telefónica a las 9 de la noche, una prima, y una amiga suya, ambas del grupo de amigos del pueblo, habían aterrizado en Madrid, y aprovechando la noche, decidieron que nos podíamos ver. Allí quedamos, por Huertas, ese barrio que me es tan extraño aunque no me disgusta, y comenzamos una maratón de bebidas y mezclas extrañas. A las 12 en punto de la noche, el grupo de chicas que estaban conmigo, comenzaron a cantar el cumpleaños feliz. Esto ya no hace falta que lo diga, pero yo estaba elegantísimo, y cuando en el pub pusieron la canción del "cumpleaños feliz" y me levanté para dar las gracias a todo el mundo, en ese momento me sentí una auténtica diva, o petarda, si queréis. Me hicieron un pequeño regalo improvisado, que es más de lo que esperaba y me hicieron pasar una noche buena, en pleno mes de octubre.

El día de cumpleaños, propiamente dicho fue el sábado, y me levanté como era de esperar con algo de resaca, pero me dispuse a hacer la compra para la semana, a poner una lavadora y a ordenar un poco la habitación. Estaba solo en el piso, ni Gordi ni Norman Foster, que me abandonaron a mi suerte en una fecha tan señalada y a saber a donde se fueron el fin de semana. Así, sin plan, sin amigos, sin familia, me dispuse a agradecer por sms y facebook las miles de felicitaciones, que ya os lo digo, no fueron pocas, también algunas por teléfono,  las más importantes. Y decidí que, lo mejor dadas las perspectivas serían pasarme el sábado en casa, cocinando. Y ahí estuve en la cocina toda la tarde, preparando un cocido "madrileño" por llamarlo de alguna forma, o pobre como lo llamaríamos en Galicia, una crema de calabacín, que, está mal que yo lo diga pero salió buenísima, para variar, y luego ya, entre facebook y algo de lectura, me puse a hacer la cena.

Finalicé como me había dispuesto el día, solo y haciéndome un autobotellón, esa modalidad de botellón que tanto practico y que consiste en ponerse delante del ordenador y con un par de cubatas (o lo que sea) pillarse una cogorza soberana, con la tranquilidad de tener la casa para mi solo y el baño cerca por si habían compliaciones. Ni una cosa ni la otra, ni ocmplicaciones ni  nada. Eran las cuatro de la mañana, y un sábado, en casa sin sueño, viendo alguna película, terminé la noche tomándome un café y unas galletas, sin vela esta vez y a dormir, el próximo año será mejor, estoy convencido.

En cualquier caso, agradecer a los blogueros que se han acordado de una o de otra forma de esta fecha, pero, para vosotros (y para mi gloria) el post de mañana.

Bicos Ricos

domingo, 11 de septiembre de 2011

Fin de Semana Casero

Hoy más que nunca, desde aquí en Galicia, estoy dándole vueltas a aquello que me dijo hace unos días Angel, me comentaba que parte del plan de ahorro podía consistir en viajar menos a Galicia, y hoy más que nunca también tengo que darle la razón.

Venir a pasar un fin de semana a Galicia para apenas salir de casa es digamos, un suicidio económico, vale que he disfrutado de mi familia, por decirlo de alguna manera, que he estado con mis abuelos, y poco más que resaltar de este fin de semana en el que he optado por salir muy poco y no aprovechar los pocos momentos de playa que ha habido.


Sorprende la nota negativa que se llevan todos mis amigos, que no son pocos ya lo digo ahora y de los que no he disfrutado apenas en todo el fin de semana. Ha sido uno de esos fines de semana donde todo el mundo tiene miles de cosas que hacer, bodas, conciertos, desapariciones misteriosas, miles de planes o ninguno y no aparece nadie, de bajar a tomar un café y leer el periódico sin que aparezca nadie por allí lo que te hace envolver en una capa nostálgica de años mejores, así que he decidido que yo por aquí no vuelvo en una temporada, en una larga temporada. Y lo digo muy rápido pero no me apetece malgastar ni mi dinero ni mi tiempo en fines de semana como este. No sé, quizá me tengan preparada una sorpresa de última hora (se escuchan risas enlatadas). Vamos, que en definitiva esto ha tomado unos derroteros que no me gustan nada, y es que la gente ya ni me echa de menos y a eso hay que ponerle una rápida solución, y drástica.

Me voy con la despensa llena, eso si, y cargado, como siempre y con una sensación de soledad que no recuerdo en tiempo, con muchísimas ganas de estar en Madrid, aunque parezca increíble que yo esté diciendo esto. ¿Torres que se derrumban?

Nos vemos en la capital.

domingo, 20 de febrero de 2011

La Solitaria Ciudad

No es la primera vez que afirmamos que en las ciudades en general, aunque sea de provincias, cada uno va a su aire, y esto en la capital es todavía más visible. Uno acostumbra a llevar puestos los auriculares, caminar como si se tuviese debajo de los pies una cinta andadora y tener vista nada más que para los semáforos, ya ni tan siquiera para los coches.

También nos llevamos las manos a la cabeza ante la poca solidaridad de la gente en general. Un ejemplo de ello puede ser el de ver como están atracando a alguien en la calle, a nuestro lado y seguir caminando como si nada ocurriese, o lo mismo si en lugar de un atraco le están dando una paliza a un chico por ser gay o el marido borracho a su esposa. Pasamos normalmente de todo, quizá por no meternos en líos, o porque nos la trae al fresco. Semos unos insolidarios.

Pero llegamos a puntos que rizan el rizo por esperpénticos, y si no atención a la pequeña anécdota que presencié hace un par de días. Con un día lluvioso y la noche ya caída, salí a mi pequeño balcón a disfrutar de ese aire puro y limpio de Madrid, a una temperatura más que agradable de un cigarro como es habitual por aquello del mono absurdo que tenemos algunos fumadores, independientemente de las condiciones atmosféricas o del estado físico. Y allí estaba yo en el balcón fumando cuando por la acera de enfrente pasó una chica, correteando mientras hablaba con el buldog francés que llevaba de la correa, y que tras adelantarla saltaba a su regazo. Dada la velocidad que llevaban dejé de seguirla con la vista y me puse a ver el cielo, entre estrellado y nublado en aquel momento. Al instante escucho un grito:

- ¡¡Socorro, ayuda por favor, me he caído, mi espalda, ayuda, ayuda, socorro!!

Al momento giré la vista hacia el lugar de donde provenían los gritos, unos metros más allá de donde había dejado de seguir a la chica con la vista, yacía ahora esta boca arriba sobre unos cartones empapados en los que probablemente se resbalase. Sobre ella el perrito lamiéndole la cara a la chica. Me quedé con mi cigarrillo en la mano pensando unos segundos que hacer, tirarlo, calzarme y bajar en pijama a socorrerla. Cuando iba a entrar en casa para calzarme se abrió la ventana de la cocina de la señora que vive en la acera de enfrente, ella llevaba una bata y un gorro de plástico como los que a veces se utilizan en las peluquerías. Veía a la chica, y probablemente pensaba qué hacer. Y en esas décimas de segundo que mediarion entre la caída de la chica y mi reacción y la de la vecina, salió de un coche aparcado justo al lado de donde la chica había caído salió un señor que se iba a acercar a ella, lo que me daba un tiempo a mi para reaccionar. La chica que yacía boca arriba se levantó como pudo exclamando ¡Ay, mi espalda! Apoyó una mano en su espalda y sin soltar la correa del perro empezó a caminar. El señor se le acercó más y le preguntó si le hacía falta ayuda, que no se moviese. Ella continuó caminando y quejándose de su espalda, maldiciendo su mala suerte y pidiendo auxilio mientras caminaba. El auxiliador, lógicamente la dejó a su aire. Y lo peor que no parecía desorientada.

La reflexión sobre esta absurda situación es que ya ni tan siquiera los que piden ayuda la aceptan. ¿Para qué la piden? ¿Somos extremistas en cuanto a ir a nuestro aire en las grandes ciudades?