Se conjugan los elementos para que esté de un mal humor generalizado. Y no es raro, releyendo mis post de años atrás que llegados a esta altura, días antes de comenzar mis vacaciones esté de mala uva. El trabajo, que por esta época es doble por tener que cubrir a mi compañera que está disfrutando de sus vacaciones, el insoportable calor de la capital y los malos olores por todas partes, el llevar bastante tiempo sin pisar Galicia, sin estar con la familia y amigos, echar de menos la mar, la playa, la naturaleza, y este fin de semana, concretamente, por el flamenquito.
Hay dos cosas difíciles de conjugar, el carácter serio del norte y la alegría del sur, es difícil o imposible casi, que a un gallego le guste el flamenco, o en su justa medida, y es difícil que a un andaluz le entre la música celta, que seguro no saben ni lo que es. Es difícil pensar que es cuestión de culturas, pero algo hay que pensar. Lo que sí es cierto es que llevo escuchando flamenco desde que el viernes por la tarde dormía plácidamente la siesta y de repente, una guitarra y unas palmas comenzaron ha hacer que la pared donde está el cabecero de mi cama comenzase a vibrar, otra vez mi compañero de piso, el malaguita tenía la música puesta a todo volumen, no solo yo me había enterado, todo el vecindario. Y la fiesta ha continuado el viernes por la noche, fiesta adolescente con bebidas, tabaco, palmas y más y más flamenco. Nos dieron las tres de la madrugada, a los de la habitación de al lado con su fiesta y a mi sin poder dormir. Y llegó el sábado, el piso en silencio, yo disfrutando mi paz, haciendo mis post, mis cabeceras, esas cosas por las que sois fans míos y comenzó otra vez el flamenco, que si El Barrio, que si tecno-chachadas, palmas por aquí y por allí. Por favor, ¡Salvamé!
El resto del día discurrió con música a todo volumen a ratos, salí y volví a casa a la una y media, palmas y más palmas, gitaneo musical, flamenquito power, más rumba chacha. ¿Hola? Salí al balcón con cara de pocos amigos. Un chico sin camiseta que todo hay que decirlo también, estaba muy bueno, me vió y entró en la habitación, bajaron un poco los decibelios. La música se escuchaba por gran parte de la calle y supongo que todo el edificio. La fiesta continuó entre palmas y música hasta más allá de las cuatro de la madrugada. Yo del cansancio me quedé dormido. Y me desperté el primero la mañana del domingo, y pensé en una venganza, en poner una muiñeira a todo volumen pero luego pensé que mis vecinos, que seguramente habrían dormido igual que yo no, tenían la culpa de nada. Y cuando me pongo a preparar el desayuno empiezo a escuchar voces nuevamente, cantando el dichoso flamenquito. ¿Pero esto qué es?
A estas alturas estaréis pensando que soy un flojo, una pasiva. Os lo digo, no me gusta tener jaleo con nadie pero anoche le envié un mensaje a Gordi, que está de vacaciones diciéndole lo que había, y que le diese un toque a la vuelta. Espero poder disfrutar de mi habitación y mi paz. Entiendo que la gente tenga ganas de fiesta, e incluso, aunque me parezca una falta de respeto, música a la hora de mi siesta, porque estamos en un horario diurno pero ya este tipo de jaleos nocturnos, no, y menos esa música que los gallegos no encontramos ni siquiera agradable a nuestros oídos.
Yo siempre bromeo con esto de que los sudamericanos en general tienen un caracter muy de fiesta, muy musical, que siempre tienen la música latina puesta altísima a todas horas del día. Tengo en el edificio al menos dos o tres familias de sudamericanos. Jamás han puesto la música alta, jamás en horario de sueño de las personas normales, jamás me han tocado las narices como el puto niñato este del sur. Quiero suponer, para no enfadar a mis lectores andaluces que no es cuestión de comunidades autónomas, si no de educación, y precisamente a mi me ha tocado un niñato maleducado por compañero de piso.
Claro que yo antes de las vacaciones suelo estar con el carácter agrio. A lo mejor también es eso.
Ole, ole y Ole!


