Hoy se celebra el 70 aniversario de la muerte del gran poeta de Orihuela, Miguel Hernández. Yo le he rendido mi homenaje, a mi forma, yendo al teatro a ver la obra Miguel Hernández, de la compañía Teatro Meridional, en la sala Cuarta Pared, en el barrio de Embajadores, una obra que estuvo en cartel los pasados días 23 y 24.
A Miguel Hernández le visitan sus propios fantasmas en las últimas horas de vida en la prisión de Alicante donde fallecería un 28 de marzo de 1942, a la prematura edad de 31 años. Los fantasmas que se le aparecen son el de su esposa, Josefina que guardará su legado y sacará adelante a su único descendiente; su amigo de infancia José Marín "Ramón Sijé" al que en su día había dedicado una preciosa elegía a su muerte, Pablo Neruda por el que Hernández había sentido gran admiración como poeta y finalmente, una mujer de la cual no se desvela su identidad en toda la obra, con quién el poeta mantiene una apasionada relación, supuestamente la artista Maruja Mallo.
Miguel Hernández repasa y recompone de esta forma la vida del oriolano más internacional, desde su juventud como cabrero en el campo dónde escribía sus poemas a lápiz y dónde conoce a Ramón Sijé, el cortejo a la que terminaría siendo su esposa, Josefina Manresa en una tirante relación amor-odio que terminará por darles dos hijos y un matrimonio primero civil y finalmente, cuando el poeta está ya enfermo, por la iglesia en la enfermería de la prisión. Su primera visita a Madrid donde pasa hambre y vuelve con sus zapatillas gastadas de tanto caminar, la publicación de sus primeras obras en Orihuela en alguna revista local, su segundo viaje a Madrid decidido a comerse el mundo dónde conoce a Pablo Neruda y a Maruja Mallo con la que mantiene una relación más allá de lo profesional y cultural. El estallido del alzamiento militar que deriva en una Guerra Civil que hará cambiar el pensamiento de Hernández, desde una poesía más clásica hasta una obra mucho más comprometida y reivindicativa, y entre medias, las dualidades, entre una mujer y la otra, entre una poesía y la otra, entre unas decisiones y las otras. ¿Quedarse? ¿Conformarse? ¿Avanzar? Siembra dudas razonables sobre la vida, el amor o la misma muerte.
El montaje de la obra es impecable. Un escenario vacío y poco más que unas maletas raídas por el paso del tiempo y la libreta dónde Hernández escribe sus poemas. Cinco maravillosos y entregados actores que dan vida a unos personajes a los que, curiosamente sacan cierto parecido. Una forma, la de presentar los fantasmas de vivos y muertos, muy original para hilvanar la corta pero intensa vida del poeta, resaltando aquellos momentos más interesantes de la vida de Hernández y todo ello aderezado con su genial poesía. ¿Se puede pedir más? Drama y comedia, todo en uno, y una obra que no deja indiferente a ningún espectador. El sentimiento al finalizar la obra es de cierta congoja, y no lo digo yo, lo intuyo cuando al encender las luces del teatro se escucha a muchos de los espectadores moquear.
Y para muestra os dejo un fragmento de la obra que he encontrado en el Youtube, en una de sus representaciones en Ourense, en el 2010.
PD.: Con esto, aprovecho también a hacer un pequeño homenaje al día internacional del teatro, que se me ha pasado totalmente.