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martes, 27 de agosto de 2013

¿A que si, Madi?

Tras dos años luchando muy duramente contra una enfermedad anteayer le llegó el momento de rendirse definitivamente, o más bien, de ceder el pulso ante ese brutal cáncer de pulmón (y dejémonos de eufemismos sobre una grave enfermedad que tiene un nombre que siega millones de vidas y sobre la que se avanza muy lentamente, mucho más despacio que la destrucción que siembra). Se llamaba Mari, tenía 52 años.
Pimpf pequeño y Mari, escondida
No sabría explicar el grado familiar que me unía a ella, si, realmente una prima de mi padre, ¿Qué me es eso a mi? Poco, pero os aseguro que era mucho más que eso. La prima más cercana, que desde los primeros días me cogió en su regazo. ¿Cómo una tía para mi? Algo así. La que me hacía fotos con su payaso de juguete gigantesco, la que me enseñaba canciones y sobre todo, la que me enseñaba a decir tacos, la que me hacía enfadar para hacerme saltar el genio cuándo no tenía ni tres años. Efectivamente, para su familia yo era el nieto o el hijo que todavía no había llegado, y así pasé gran parte de mi niñez, entre su casa y la mía, vecinos, muchos viernes durmiendo en su casa, muchísimos, jugando en su patio, despertándola por las mañanas, entreteniéndola por las noches, encendiéndome el televisor para que no le diese la paliza, haciéndome desayunos con galletas de avellana, de aquellas que no había en mi casa. Y fue creciendo, se enamoró, se casó, fue haciendo su vida, su propia familia.
No dejó de ser un pilar fundamental en la familia, nunca. La proximidad con la edad de mis padres también hizo que fuese parte de su pandilla. ¿Se puede tener más proximidad con alguien que apenas te es nada? Noches de café, tardes de café, mañanas de café, viajes, compras, largas charlas con mi madre en su coche al que nos llevaba de un lado a otro. Pero quizá lo que más llamase la atención fuese su forma de ser. Cariñosa, si, mucho, aunque no pareciese demostrarlo casi nunca, su genio, sobre todo, su mal genio, su mala hostia como diríamos aquí, gobernando sobre los suyos hasta el último día que fue consciente, cuándo ya su cuerpo no respondía, y ella seguía teniendo esa pizca de mala leche que no dejó de tener en ningún instante, su vocabulario en cuyas frases no faltaba nunca un taco, un insulto hacia alguien. Si, como yo decía, mala, mala hasta el final, y eso era lo que la hacía ser muy fuerte, lo que a todos nos gustaba de ella. Cómo no, de mi pueblo, con un olfato innato para el cotilleo, otro de sus rasgos fundamentales, manejaba más información que un periodista e incluso para sus propias cosas no tenía freno en la lengua. De haber tenido estudios, habría hecho sin lugar a dudas, periodismo. Qué crack, la fuente de información de la familia, el puto CNI. Pero ni la mala hostia puede con un cáncer, ni tan siquiera Mari, ¿A qué si, Madi?
Esta frase, ¿A qué sí, Madi?, se la repetíamos cuándo queríamos que le saltase el genio. Una sobrina suya política se la repetía siempre, una vez la niña se pasó en su casa un par de semanas, ella sin pelos en la lengua nos decía que estaba de la niña hasta el moño, mientras, la niña delante de nosotros jugaba, y a los pocos minutos venía con su repetitivo y cansino ¿A qué si, Madi? y ella le respondía siempre "Si, Paula, Si" con todo su genio.
Pues dos años de lucha contra el cáncer. ¿Para qué? Pues aunque ella no se quiso rendir en ningún momento, al final no era ni la sombra de lo que llegó a ser, una señora, una señora bien. Con buena posición económica, bien pintada siempre, muchas veces de peluquería, de estas personas que tuvieron unos años noventa gloriosos. Su juventud llena de admiradores y sus dos hijos, la chica, la mayor a la que no paraba de echarle broncas y a la que quería con toda el alma, y su pequeño, que eran realmente su vida. Allí estuvieron, hasta el final con ella. La penúltima vez que estuve con ella, en Navidades, avergonzada me decía que ya no tenía pelo, yo quitándole hierro al asunto le dije que no se preocupase, que yo tampoco tenía, pero que a ella le volvería a salir, pero a mi jamás me volvería. Se reía. Hace dos semanas fui a visitarla a su casa, el deterioro en estos últimos meses fue brutal, no era mi Mari, físicamente, nada que ver, y sin embargo, su genio, su genio fue lo que me convenció de que era ella. Me despedí con un beso, y le prometí que la volvería a ver antes de volverme de vacaciones a Madrid. Cuatro días después estaba internada ya en el hospital, con morfina, y en una visita que le hicieron mis padres, en un momento de lucidez, haciendo fuerza para hablar, les preguntó por mi. Me había quedado en casa, a descansar. No la volví a ver, y ya no sé si por miedo a no ver nunca más su genio o por miedo a la muerte.
Me quedo con su imagen a lo largo de toda mi vida y este sentimiento de haber perdido a alguien muy grande y especial.

miércoles, 24 de julio de 2013

Dos grandes que se han ido

La semana pasada emprendía mi viaje a Galicia con una mala noticia y me volvía de Galicia con otra mala noticia. Se habían ido dos grandes, uno a nivel político gallego y otro a nivel personal. Y este post en parte viene por mi reciente viaje y por la proximidad de la festividad de mañana, el día da Patria Galega.
 
Cuando había quedado con la gente con la que compartiría el coche en mi viaje a Galicia, decidí que antes de estar con ellos me tomaría un café rápido, y ahí fue, cuándo ojeando El País o El Mundo, ya no recuerdo, me enteré de pasada que en un obituario aparecía una cara conocida, un tipo calvo con gafas de culo de vaso y bigote, era un conocidísimo político gallego. Anxo Guerreiro, Geluco como lo conocían muchos, fallecía tras haber sufrido una dura enfermedad los últimos años, una enfermedad que no hace falta ni mencionar, la que deja atrás a tanta y tanta gente. Pese a una aparente mejoría, la enfermedad puso fin a su vida justo el día que algunos rancios todavía celebraban el Alzamiento Nacional (el golpe de estado que llevó a España a una Guerra Civil y a 40 años de dictadura). Pues bien, Anxo Guerreiro también sucumbió ese día, aunque en 2013. Fue estudiante de químicas, carrera que no llegó a terminar porque la política le motivaba mucho más. Así fue que formó parte del Partido Comunista de Galicia durante la dictadura, unos años de clandestinidad que llevaron a Anxo a ir a prisión en tres ocasiones, por comunista. Y llegaron tiempos mejores, de dictaduras desaparecidas y de militancia junto con Santiago Carrillo en el PCE, de presentarse como diputado autonómico en las elecciones de 1981 y ser el primer diputado  comunista del Parlamento Galego. Vinieron tiempos en que los resultados electorales no acompañaron y en los que se pasó a un partido que había creado él, Esquerda Unida-Esquerda Galega, una ramificación de Izquierda Unida en Galicia. Y llegaron las elecciones de 1997 en las que decidió que se presentaría en coalición con el PSdeG PSOE y esto no se lo aceptaron en Izquierda Unida, por lo que abandonó la formación para crear el EdG, Esquerda de Galicia con la que se presentaría y obtendría dos diputados. En las próximas eleciones, el PSdeG de Touriño no quiso renovar esta coalición y aunque Guerreiro y su EdG se presentaron el fracaso en los resultados hizo que dimitiese de su cargo y que desapareciese de la primera línea de la política gallega, terminando los últimos años como colaborador en alguna tertulia política en la TVG o en alguna televisión local.
 

Ya quedaban unas horas para que me volviese a Madrid cuándo estaba preparando la maleta y mi madre me preguntaba si había ido a visitar a mi abuelo. Con el poco tiempo que estuve en Galicia y la agenda tan apretada decidí que lo mejor sería esperar dos semanas y poder ir a visitarlo. Mi madre me comentó que había tenido unos días complicados, que había estado en el médico con algo similar a ansiedad. Se había muerto un primo suyo de más o menos su edad hacía tres semanas. Este primo era un compañero de correrías, compañero en la juventud, compañero de trabajo en los barcos en los que surcaron los océanos en busca de pescado, convecino y un hombre muy conocido en el pueblo. A nadie se le ocurrió comentarme nada. Su hijo pequeño era tan solo una semana más joven que yo, mi vecino y también compañero de aventuras infantiles, por eso siempre habíamos estado unidos, o por el abuelo o por sus hijos. Yo recuerdo mis últimos viajes a Galicia, también íbamos a la misma cafetería todos los días, a leer el periodico y a tomar yo café, él un vino, y cada vez que me veía me decía siempre lo mismo "¿Que tal Pimpfi? ¿Que tal por los Madriles? ¿Y el trabajo? Que bien se vive siendo funcionario Pimpfi, estás siempre aquí en el pueblo, yo quiero ser como tu". Y yo siempre le respondía "Mario, y yo como tú, que mira, estás todos los días aquí y aún trabajas menos que yo". Se echaba a reir y me decía "me voy a ver si está tu abuelo, vamos a ver el tiempo". Y allá se iba con las manos apoyadas en la espalda en busca de mi abuelo para ir al paseo marítimo a ver las nubes y adivinar así el tiempo de los próximos días o de las próximas horas. Yo me quedaba ya pensando en mi viaje de vuelta a Galicia, a ver cómo me diría en esa ocasión que yo vivía muy bien.
 
Si, cada vez que voy a Galicia tengo el mismo sentimiento, asumir las pérdidas de las que de una u otra forma te enteras en tan solo unas horas, y compaginarlas con la felicidad de estar con los tuyos durante uans horas, quizá, y solo quizá, sean las últimas veces que los veas.

martes, 16 de abril de 2013

Día Mundial de la Voz

Tal día como hoy se celebra el día mundial de la voz, así lo estableció la Federación Internacional de Sociedades de Fonología, su fin era concienciar y sensibilizar a la población sobre la importancia de mantener la voz en condiciones óptimas para el desarrollo laboral y personal, entre otras cosas, y quizá haya sido una de esas casualidades, o quizá no tanto el escoger este 16 de octubre para ello. Tal día como hoy, hace cuarenta años se apagaba para siempre la mejor voz masculina que ha dado nunca España, Nino Bravo.

Luis Manuel Ferri Llopis, más conocido como Nino Bravo nos dejaba un 16 de abril de 1973, tras ser víctima de un accidente de circulación en la autovía que enlaza Valencia con Madrid, concretamente a la altura del pueblo de Villarrubio, cuándo alrededor de las diez de la mañana, su coche, un BMW recientemente comprado por el cantante, se salía en una curva bastante peligrosa en la época, antes de que arreglasen dicha autovía, dando varias vueltas de campana. Iba acompañado por su guitarrista y los componentes del Dúo Humo. Los heridos fueron trasladados en coches particulares al pueblo más cercano, Tarancón, a 13 kilómetros, siendo atendidos allí en el Hospital Santa Emilia de las Hermanas Mercedarias. Trasladarían acto seguido a Nino Bravo a Madrid, en el único ambulancia del que disponía la población, con dirección a Madrid, al Hospital Gregorio Marañón. Sin embargo, la voz de Nino Bravo se apagó a pocos kilómetros de entrar en la capital. Había grabado unos días atrás la única canción escrita por él, su título, irónicamente, Vivir.

Cada año en televisión nos recuerdan esta fecha, nos recuerdan las canciones con qué nos dejó el cantante, su tremenda voz, sus populosos éxitos, aquellas letras que él cantaba, cada año, hay alguna novedad musical, una entrevista a su viuda, a sus hijas, homenajes en Villarrubia y en el pueblo natal de Nino Bravo, conciertos, inauguración de calles, rotondas, monumentos. Era grande, muy grande.

Quizá, y sin saberlo, un año antes de fallecer publicaba una de sus canciones más emblemáticas, Un Beso y una Flor, que era una especie de premonición de despedida en forma de canción.

Dejaré mi tierra por ti,
dejaré mis campos y me iré,
lejos de aquí
cruzaré llorando el jardín

Al partir, un beso y una flor, un te quiero una caricia y un adiós
es ligero el equipaje, para tan largo viaje
las penas pesan en el corazón
más allá del mar habrá un lugar
dónde el sol cada mañana brille más
forjarán mi destino, las piedras del camino,
lo que nos es querido siempre queda atrás.

domingo, 13 de mayo de 2012

La cena friki

Por si tenéis algún tipo de duda ya os digo que no soy nada friki. Bueno, friki para algunas cosas si, pero nada fuera de lo normal. Lo de mis amigos sí que es digno de estudio, ayer mis amigas del pueblo hicieron una cena de reencuentro de ex amigas.

La idea suegió una noche de fiesta cuando una amiga y una antigua amiga, del grupo, siguiendo los designios alcohólicos acordaron que estaría genial hacer una cena de aquella pandilla que teníamos cuando éramos quinceañeros. Quedó todo en una conversación de borrachera para todos los que estábamos presentes, pero para una de ellas esa idea caló y se la volvió a repetir a esa chica con la que había hablado. La idea tomaba visos de realidad, y acordaron reunirse todas, o casi todas, la invitación llegó y fueron decidiendo fechas. Se pusieron de acuerdo y el resultado fue la fecha que tuvieron ayer.

Los chicos, por suerte no estábamos invitados, aunque había alguna bromista que nos decía que nos pasásemos, que fuésemos o que nos tomásemos aunque fuera un café. Los chicos no aparecimos por allí. Se reunieron 7 de ellas. Algunas venidas de localidades remotas de la provincia, otras de la capital y la mayoría del centro. Tres de ellas madres, alguna ya con familia numerosa, trabajadoras, habituales, algunas que todavía no han encontrado su camino en la vida. Se reunieron igual, y contra todo pronóstico, cuando uno pensaba que llegaría la sangre al río, todo fluyó de una forma muy natural y de muy buen rollo.

Aquella pandilla que teníamos duró algunos años, con nuestros más y nuestros menos, aunque finalmente cada una hizo su vida, algunas terminaron como el rosario de la aurora, otras ni se saludaban ya al encontrarse por la calle. Vencieron todos los miedos. Otras pusieron alguna excusa, más o menos buena para no ir, a alguna no le apetecía y por eso buscó esa excusa. Yo les decía que el mérito de todo esto era vencer esos malos rollos, tanto tiempo después y ser capaces de revivir los buenos momentos, y así hicieron. Se rieron muchísimo. Y luego nos encontramos algunos de los chicos con todas ellas que llevaban ya algunas copas encima. 

Era digno de contar lo que estas hicieron, tan digno como friki.

sábado, 5 de mayo de 2012

La abu

La abu está de cumpleaños, el mismo día que fallecía Napoleón aunque ciento y pico años después, cuando todavía España vivía en una república y las cosas eran de otra forma. 

Y nació en una casita de campo, allá en mi pueblo, una casa con una buena finca, grandes viñedos y muchas tierras para labrar, sería la mayor de cinco hermanos, y sería la que se quedaría a vivir en aquella casa con su abuela Dolores y el abuelo José. Y llegó la guerra civil que no llegó a estallar en Galicia, si no que se quedó en una sublevación y muchísima represión, eso, y que muchos chicos jóvenes debían partir al frente por el resto de España, pero a ella no le afectó en nada, su vida en el campo alejada a un par de kilómetros del centro, con alimentos abundantes no le hicieron pasar el hambre que pasaron muchos de sus contemporáneos. Tampoco fue al colegio más que los primeros años, lo justo para aprender a leer y escribir. Y poco después se enamoró de mi abuelo, un tipo fuerte aunque flaco que trabajaba en la mar. Se casaron y vivieron en aquella casita con recursos, donde no había hambre, ni luz, ni agua corriente y los establos de la planta baja hacían de desagüe. Tuvieron seis hijos y se mudaron a algo más céntrico, más moderno, a unas viviendas sociales.

Y aquí está ella, cumpliendo 78 años. Yo como cada 5 de mayo la llamo por teléfono, que sé que le hace muchísima ilusión que me acuerde siempre de ella. ¿Cómo no me iba a acordar de ella si es una de las personas que más quiero en este mundo? La felicito y le pregunto que cuántos años son. Todos en la familia fingimos no recordar cuantos años cumple. Y ella con sinceridad en esta ocasión contesta que 78. ¿78 años otra vez? Le respondo yo con guasa. ¿No llevas tres años cumpliendo 78? Ella responde que no, que lo que lleva cumpliendo tres años son los 75. Se hace un mini silencio, ella está esperando que le diga que aparenta tener 75, y yo, que soy su nieto preferido, el mayor, le digo que de 75 nada, que aparenta 70 como mucho. Le encanta. Y es que la abuela nos ha salido presumida, muy presumida, y hay quién en la familia ha heredado esta caraterística, no yo. 

Entonces le pregunto qué qué piensa hacer para celebrar su cumpleaños, que si ha hecho alguna tarta, o si piensa hacer alguna comilona, entonces me dice que no, que ella hoy se va a la peluquería, que es lo que toca que tiene que estar guapa, que al día siguiente tiene una comunión. Charlamos un poco más y me despido de ella hasta la próxima semana, que le iré a hacer una visita y entonces me obligará a comer cualquiera de sus postres, que siempre son los mejores del mundo y que nadie se lo discuta "los de tu madre están muy buenos, pero como los de tu abuela...". Los postres, el actimel, la fruta, la manzana golden, un plato de pasta que le sobró del mediodía, y al final me dirá que soy su nieto preferido, nada que no le haya dicho a sus otros 8 nietos.

¡Ay! Abu, que ganas de darte un beso muy grande la próxima semana, y estar muchos años para desearte un feliz cumpleaños, y no solo eso, si no, llevarlos tan bien.

lunes, 19 de marzo de 2012

Mi querido, mi viejo, mi amigo

Cuando falleció mi abuelo, hace ya casi cuatro años, mi padre por cuestiones laborales estaba fuera de casa, a miles de kilómetros en un barco, rodeado de mar, sin posibilidad de despedirse del que siempre había sido su gran amigo y ejemplo a seguir. Un mes después llegó con el disgusto, y me pidió que le hiciese un montaje con fotos de mi abuelo, él escogería la música, y escogió este tema de Roberto Carlos, Mi querido, mi viejo, mi amigo, que pongo al final de este post. Cuando vimos el resultado a todos se nos encogió el alma.

Mi padre siempre tuvo en mi abuelo un gran referente para todo en la vida, y por el trabajo de uno y otro solo pudieron disfrutarse más plenamente en los últimos años, en la vejez de mi abuelo y en la madurez por llamarlo de alguna forma de mi padre, cuando coincidían entre marea y marea. Yo debo reconocer que mi cariño hacia mi padre es algo similar, algo parecido a un buen vino, algo que con los años va ganando en calidad e intensidad. Ya conté en alguna ocasión que, por su trabajo he crecido prácticamente sin padre, éste era el señor que tanto te quería y que venía a casa cada X meses, lo revolucionaba todo los días que estaba y siempre te traía un regalo del mar. Ser hijo de marinero te hace perder esa infancia super feliz rodeado de tus padres, algo que solo disfrutas a medias, sabes que lo tienes pero no lo llegas a disfrutar como el resto de niños, y cuando vuelves a sentirte como los demás críos, la mar te lo vuelve a arrebatar por otra larga temporada. Él no es muy mayor, aunque se ha jubilado recientemente, a los 55 años, que es una de las pocas cosas positivas que tiene trabajar en alta mar. Ahora es cuando él tiene tiempo para estar con los suyos, el tiempo que hemos perdido, claro, y es ahora cuando yo no estoy en casa, y solo puedo disfrutar de él cada vez que voy por Galicia, y eso compatibilizándolo con el resto de la familia o los amigos.

Ahora veo yo a mi padre como un referente en muchas cosas, el que recoge el testigo, el que ve al viejo como esa persona que siempre te quiso y a quien por falta de oportunidades no le has podido demostrar todo lo que le quieres. Ahora, cuando yo estoy fuera, aprecio cada uno de sus gestos hacia mi, su pesadez para que yo deje de fumar, sus nervios a la hora de hacer las cosas, su determinación cada vez que decía aquello de "en esta casa mando yo, y mientras estés bajo este techo aquí se hace lo que yo diga", el que disfruta de un simple paseo por el monte de esos que se dan los jubilados para mantener su tiempo ocupados, su reorganización de todas las cosas de la casa, la necesidad de preguntarle dónde esta guardado todo lo que él ordena y desordena o escuchar sus consejos, que repite una y otra vez, los mismos en larguísimos discursos, que se podrían resumir en dos frases pero estas frases pueden llegar a ser de horas, mientras yo fijo mi mirada al infinito, fingiendo no hacerle demasiado caso.

Yo cederé este testigo también, espero que algún día, cuando yo sea mucho más mayor alguien esté deseando recibir todo este cariño que yo he heredado, un cariño que no llega siempre cuando uno más quiere pero que es un cariño que no debe faltar.

Sirva este post como homenaje a mi padre en el día del padre, a quién felicitaré nuevamente por teléfono, como casi siempre, pero con la suerte de poder seguir celebrando esta festividad, una suerte que muchos no han tenido, ni tan siquiera por teléfono, una suerte que mi padre, como hijo ya no va a poder volver a celebrar.


miércoles, 12 de octubre de 2011

La tía Cleta

La tía Cleta no se llama tía Cleta, ni Anacleta ni nada similar, aunque tiene un nombre de estos de señora mayor que es un nombre muy feo y muy llamativo, pero la llamamos también por sus últimas dos sílabas de forma cariñosa, ni tampoco es mi tía, es la tía y madrina de mi padre.

Yo me crié en un barrio de mi pueblo, distinto al que es actualmente mi residencia, desde hace ya unos cuantos años, en una casita antigua muy modesta por no decir pobre o paupérrima, con unas arañas como centollas y con unos ratones a los que "alimentábamos" con pequeñas trampas ratoneras, los veranos eran un suplicio, pues, sumado a que no siempre había suministro de agua y no por falta de pago si no por estas cuestiones del atraso económico que históricamente ha padecido Galicia, y también sumado a una plaga de hormigas que no había verano que no hiciese que tuviésemos todos los alimentos rodeados de agua y bien a cubierto. Éramos pobres, humildes y felices. Frente a mi casa había una casa de tres pisos, con muchos lujos, la de la tía Cleta que se dedicaba al alquiler de los pisos en los veranos, y vivía con su marido, y sus hijos, todos marineros en tiempos en los que ser marinero significaba tener dinero. Yo para la tía Cleta siempre fui como un nieto, el nieto que sus hijos solterones se negaron siempre a darle, y para la hija de la tía Cleta yo era "el niño" con el que experimentaba para lo que luego le vendría a ella, la maternidad, era pues, el niño de mi casa, de la casa de la tía Cleta, y de varias casas de vecinos porque yo no paraba nunca en casa y era más fácil encontrarme en la calle que en mi propia casa.

A Pimpfito le encantaba irse los viernes noche a dormir a casa de la tía Cleta, momento que algunas veces aprovechaban mis padres para salir al único pub del pueblo para gente de su edad, y casados. ¿Gente de su edad? Mis padres tendrían aproximadamente entre 22 y 25 años, no más, pero eran otros tiempos. En la casa de la tía Cleta no había muchos divertimentos para niños, pero siempre el tío Tino, su marido cada vez que volvía de una marea, aproximadamente cada seis meses le traía algo a su "nieto". Pimpfito se deshacía en abrazos y besos hacia su tío Tino. Los meses que el tío Tino no estaba, los más, la casa de la tía Cleta era muy solitaria. Pimpfito se divertía muchísimo haciendo reir a la tía Cleta, su peculiar risa, unida a esos dos dientes de oro que siempre mostraba le hacían reir sin fin. Otro de los divertimentos de Pimpf era pedir a la tía Cleta "que hiciese eso de los dientes". La tía Cleta despegaba su dentadura postiza y la movía en la boca ante la atenta mirada de un niño que era un ignorante en el mundo de los dientes.

La tía Cleta todavía vive, que a mi no me gusta hacer solamente homenajes a los personajes que ya no están entre nosotros. Está cascada, no os vayais a pensar, que con ochenta y pico años la edad y la vida dura que esta gente se ha pasado hace mucha mella. La tía Cleta se quedó viuda medio año después de abandonar yo el barrio aquel, y ya con una nieta, había dejado de ser el "niño" de la casa, pero siempre me han tenido mucho cariño. No había boda de la familia en que no me sacase a bailar los temas más casposos del mundo, aquellos de su época con el tío Tino, de cuando eran novios. Ahora pierde mucho la memoria, dice que se acuerda de mi, pero no lo sé, disimula muy bien y es cosa de familia, me reconoce, creo, pero se le olvida todo muy pronto. Dentro de poco, quizá cuando la tía Cleta recuerde cosas de hace unos años aunqeu olvide las de los últimos minutos, quizá vuelva a ser por unos días "el niño de la casa".

Bicos Ricos

sábado, 23 de julio de 2011

El Campanero

Hace unos días fue festivo en mi pueblo, y además el cumpleaños de mi madre, momento que aproveché para felicitarla, y conociendo su ateismo, porque ella es de los que niegan la existencia de Dios y solo pisa la iglesia para, como no, celebraciones familiares y por cumplir; le pregunté si iría a la misa y a la procesión que organizan ese día. Tic tac tic tac. Esperaba su contestación más o menos graciosa, y me respondió, "a misa ni de loca, ya lo sabes, a la procesión, no lo sé, quizá como homenaje a Manolito, el campanero, que murió este año". Enseguida le pregunté cuando había sido y me dijo que hacía cosa de mes y medio.

Manolito el campanero era un señor mayor, obeso y con pocas luces que había dedicado su vida por entero a su mujer, su madre y a la sacristía de la parroquia del centro de mi pueblo. Manolito no aparentaba ni mucho menos los años que tenía, su cara rechoncha hacía que apenas tuviese una sola arruga, y pese a estar ya medio calvo tampoco tenía unas canas excesivas. Siempre con unos anchos pantalones acudía todas las mañanas a la iglesia a preparar todo. Cada vez que había una misa, Manolito subía al campanario, tocaba las campanas avisando a los fieles de las distintas misas que habían, tocaba los funerales que daba gusto escucharle si es que se puede utilizar esa expresión cuando en 15 minutos va a haber un funeral. Tenía preparados los atuendos del párroco en el gran cajón de la sacristía, debidamente ordenados y púlcramente limpios con el orden por el que el cura debía cogerlos para vestirse. El interior de la iglesia era para él como la habitación de un ciego, se movía por ella conociendo cada uno de sus rincones. No hacía labor ninguna de limpieza, custodiaba los petos o huchas donde los fieles dejaban las limosnas y lo hacía con muchísimo celo, viendo de reojo cada vez que los abría para recaudar los fondos. Se encargaba de dejar todo preparado para la eucaristía, los paños para limpiar, colocar el mantel sobre el altar, los cálices, las patenas, y demás enseres, así como el incensario que después de cada misa recogía con el mismo esmero con el que lo había colocado. Ese era Manolito, al que le gustaban los niños pero siempre de lejos, no le gustaba que estuviesen revoloteando por sus cosas, se podría decir que disfrutaba con su presencia pero sin mezclarse con ellos, siempre abroncándonos, y más si éramos monaguillos con ansias de robar el vino dulce.

Manolito, además de su iglesia, su madre y su esposa, las dos últimas fallecidas ya y la primera en decadencia, tenía otra pasión, la celebración del día de una santa oriunda del pueblo, allá por el siglo II d.c., siendo él por decisión propia y por devoción el que se encargaba de recaudar los fondos necesarios para que dicha tradición no se perdiese, anteriormente celebrándose una pequeña romería, los últimos años, desde donde yo tengo ya uso de razón, encargaba los fuegos artificiales para ese día, traía a varias bandas para que actuasen y se encargaba de que en la procesión, la más multitudinaria del pueblo custodiase a la santa siempre la Banda de la Brilat de Pontevedra, que hacían retumbar el pueblo con sus tambores. Yo no sé como ha sido este año esa fiesta, si ha recibido alguna ayuda por parte del ayuntamiento, o si alguien ha recogido su testigo. Tampoco sé si habrá alguien ahora que toque las campanas, o alguien que le prepare las cosas al sacerdote antes de oficiar.

Desde luego era un personaje en toda regla de mi pueblo y yo como homenaje también, no quería más que hacer un post para darlo a conocer porque lo que más me ha asombrado, es que no tenía ningún salario por parte de la iglesia y hacía todas estas cosas por devoción. Hoy en mi pueblo, realmente ya no sé por quién doblan las campanas ni si estas doblan.