Que conste que aunque no me guste hablar ni de política ni de mi vida privada en este blog, de vez en cuando va y se me escapa alguna cosilla.
Esta mañana he ido a desayunar a casa, por aquello de no dejar la casa sola mucho tiempo y aparecer a horas impredecibles, y también me lo he tomado con calma, dicho sea de paso, para aprovechar a hacer ese tipo de cosillas que en el trabajo no puedo, como por ejemplo conectarme un rato al facebook. Así, al terminar mi café he vuelto al trabajo, cigarrillo en mano.
He apagado el pitillo en la papelera que está justo en la puerta, y por allí venía "la lánguida". La Lánguida es el chico gay que trabaja donde yo. No confundir con Javier, del que hace siglos que no hablo y con el que tampoco me encuentro muy a menudo. La lánguida es un chico pijillo, muy alto y muy flaco que viste clásico y bien, con unas gafas muy finas y que, normalmente, no me quita el ojo de encima. Aunque no os vayais a pensar, que en el orgullo, cuando lo vi subido en aquella carroza de Google, encima de la segunda O, concretamente, con tan solo un minúsculo bañador y enfundada una bandera arco iris en su espalda cuan SuperTrucha que podría ser y con una pistola de agua en mano no paro de ver hacia donde estábamos nosotros. Seré sincero, no paró de ver a Erbitxin. Se centró en él como si yo no existiese, como si la cámara que llevaba yo encima (por aquel entonces, snif snif) fuese a hacerle unas fotos super comprometedoras que se ponen en el tablón de anuncios de donde trabajamos. Aquella tarde La Lánguida solo tenía ojos para Erbitxin, y no solo ojos, gestos con su boca y labios intentando provocar, señalándole con el dedo y disparándole con su ridícula pistola de agua.
Habíamos quedado en que llegaba a mi trabajo y me encontraba con La Lánguida. Pues bien, así como entré, él vino detrás, llamé al ascensor, él esperó también y comentó con una señora de la limpieza que había muchísimo olor a tabaco. Instantáneamente me acordé de D. y esa capacidad de porculizar que tienen con el tabaco. Llegó el ascensor. Entramos, pulsé el botón del tercer piso y me apoyé en la pared del ascensor, con mi visión gran angular conectada, sin enfocar a ningún sitio en concreto. La Lánguida se apoyó también en la pared, manos en los bolsillos, vio de reojo para mi, cosa que yo controlaba con mi gran angular. Volvió a ver de reojo. Pulsó el botón del cuarto piso, allí donde trabaja Javier. Un silencio.
En ese silencio empecé a imaginar que, si por un casual de la vida el ascensor se parase entre dos plantas, no sabría bien que hacer, si bajarme los pantalones rápidamente o si esperar a que La Lánguida pulsase como un loco el botón de emergencia, o quizá, se pusiese a chillar como un loco. Preferí centrarme en mi supuesta bajada de pantalones y en algo rápidito en ese momento. Algo tan rapidito como un principio de ereccción. Continuaba el silencio, y el reojo. Paró el ascensor en el tercer piso y me despedí con un "hasta luego", La Lánguida, respondió con otro cordial y animado "hasta luego".
¿Estas cosas solo ocurren en las películas porno? Bueno, ¿en las películas porno y cuando quedas con alguien de un chat? ¿Estará La Lánguida en su despacho intentando averiguar en que despacho trabajo yo? ¿Mirará siempre de reojo excepto cuando va como una loca en una carroza del Orgullo? Quizá no tenga jamás las respuestas.




















