Si no estás feliz, pues qué le vamos a hacer, coge la puerta y vete, no vamos a discutirlo más, decía el mulato de casi dos metros al teléfono.
Eso fue lo que escuchó Pimpf aquella noche excesivamente calurosa, con el balcón abierto de par en par. No era ni tan siquiera medianoche, pero en la calle apenas se veía un alma, una leve brisa intentaba por momentos desestancar la sensación de calor en la capital. Pimpf, sudoroso y sin camiseta estaba apoyado en el balcón, con un libro abierto entre sus manos, disfrutando aquellas mínimas ráfagas de aire de casi 30ª.
- Si no estás feliz lo dejamos, Martín, lo que no podemos es seguir si no vas a disfrutar, si no tienes ninguna ilusión en esta relación.
Pimpf, al que apenas le gusta cotillear, ni la vida privada de las personas, ni hablar mal de nadie, ni nada de estas cosas, como es habitual en él, puso la antena, mientras levantaba la vista del libro y se fijaba en aquel armario de casi dos metros, un mulato musculado que llevaba un bolso de esos tan maricas de Adidas. El mulato alza la vista y ve a Pimpf mientras escucha la voz al otro lado del hilo telefónico (¿Se puede decir todavía hilo telefónico cuando todo va por ondas?). Pimpf disimula, agacha la mirada y la posa sobre el libro, en una línea cualquiera, en la hoja par, o en la impar, intentando buscar lo último que había leído, mientras comienza a elevarse detrás de sus orejas, la puntiaguda antena casi invisible a la vista, receptora de todos los cotilleos de barrio, y de más allá del barrio.
- Pero Martín, si yo ya sé que no soy yo, que eres tú, que eres tú el que no está feliz, el que no está bien, el que necesita otras cosas en este momento, no me hables de tiempo, ni tiempo ni nada, no necesitamos tiempo, necesitas tenerlo claro tú, y por el momento lo tienes muy claro, solo la duda es suficiente para que tú te vayas por un lado y yo por el otro.
Se interrumpe su voz, Martín, al otro lado del teléfono es el que habla ahora. El mulato posa su bolso en el suelo, malhumorado, alza todavía más la voz que casi retumba entre los edificios, mientras gesticulaba con los brazos, mostrando unos bíceps como jamones de jabugo.
- Pues te vas Martín, haz lo que te de la gana, pero deja de putear, ya está bien. Necesitas otras cosas para ser feliz, pues ojalá las tengas, y tú por un lado y yo por el otro, y tan amigos pero no me intentes convencer de que no eres feliz por mi culpa. - se hizo una pausa - ¿Cómo? ¿Que estás diciendo que yo? Venga ya hombre, amargado, que eres un amargado, anda y que te den por culo, que es lo que te gusta.
Recogió su bolso y continuó caminando, llenando a todos los hogares del barrio con aquella historia de amor o desamor recientemente terminada por vía telefónica. No, si no eres tú, soy yo, o mejor dicho, si no soy yo, eres tú.















